Yo, el director (El Universal, 31/mar/2011)

Durante varias semanas hemos comentado en estas páginas acerca de libros que han aparecido recientemente, y que me parece que pueden serle útiles. Todos los libros que hemos comentado existen en inglés, y tal vez de alguno haya ya traducción, pero debido a su fecha de aparición esto no es muy probable. Algunos tal vez nunca aparezcan en nuestro idioma. Por eso hoy quiero proponerle un libro escrito en español, que no habla de geopolítica, del sistema financiero internacional, o del cambio climático. Se trata de “Yo, el director”, escrito por Mario de Marchis y publicado por Océano el año pasado. Aunque es un libro “de negocios” como se suelen denominar en las librerías, es bastante más que eso. Tal vez por esa razón los lectores de América Economía lo ubicaron en el segundo lugar entre los libros más importante publicados durante el 2010.

La esencia del libro es analizar el comportamiento del director de organizaciones con base en la tradición clásica, algo poco frecuente, pero con un resultado del mayor interés. A pesar de que vivimos, nos dicen, en la “economía del conocimiento”, y que la ciencia y la tecnología han hecho al mundo muy diferente, en realidad los seres humanos somos los mismos de los últimos diez mil años. Por lo tanto, el aprendizaje de la antigüedad clásica acerca del comportamiento humano debería servirnos mucho… si lo conociéramos.

Eso es lo que intenta Mario de Marchis con “Yo, el director”, plantear el trabajo de liderazgo al interior de las organizaciones como lo hubiese hecho Aristóteles, o como lo representaron los grandes maestros de la pintura renacentista. Porque, aunque usted no lo crea, el eje del libro no es alguna escuela de estrategia empresarial, o alguna línea sicológica, es el renacimiento.

A lo largo de “Yo, el director”, nos guía Dante, acompañado de Boticelli, Caravaggio, Poussin, Miguel Angel, Tiziano, Tiépolo, y claro, Rafael y su “Escuela de Atenas” de dónde De Marchis se sostiene para ofrecer una tipología de las actitudes de los líderes de organizaciones, acompañado de ejemplos históricos, pero recientes, que ilustran muy bien por qué el saber clásico sobre el ser humano no sólo sigue siendo válido, sino que puede resultarnos mucho más útil que las toneladas de brillantes nuevas ideas de la literatura de negocios, que suele descubrir el agua tibia.

Entre los ejemplos de liderazgo analizados desde la perspectiva clásica aparece Arturo Toscanini, Harry Truman, Dwight Eisenhower o Juan XXIII, por listar algunos.

El núcleo básico del análisis de De Marchis acerca del liderazgo, decíamos, proviene de la antigüedad clásica, de forma que concentra sus argumentos en tres conceptos que permiten explicar buena parte de lo que hacemos los humanos, y que desafortunadamente hemos ido dejado de lado: hubris, magnanimidad y phronesis. Es probable que usted conozca mejor otras versiones de esas palabras: hubris traduce (no exactamente) por soberbia, el enemigo más poderoso de los líderes, porque suele acompañarse de la adulación, que la alimenta, y que tarde o temprano lleva a la pérdida del sentido de realidad y a la destrucción: “aquél a quien los dioses quieren perder, primero lo vuelven loco”, dice una frase griega tardía.

Magnanimidad la entendemos hoy como sinónimo de filantropía, pero no es ése su significado original. Como es evidente en la palabra, se refiere al alma grande, a quien es digno de grandes cosas y se sabe a sí mismo capaz de lograrlas. De Marchis contrapone este concepto a la pusilanimidad, característica de quien ni es ni se imagina capaz de lograr grandes cosas, que en tiempos recientes equiparamos, también erróneamente, con cobardía. Y es que hay un caso adicional de esta pusilanimidad, que le ocurre a quien sí podría lograr grandes objetivos, pero no se imagina tener esa capacidad. El peor caso ocurre con aquellos que se imaginan capaces de grandes logros, cuando no es su caso. Éstos son los vanidosos y soberbios, los que son perdidos por la hubris.

El tercer concepto, la phronesis, no existe en español. La versión de Cicerón de este concepto era la prudencia, que hoy asociamos principalmente con el comportamiento cuidadoso, cuando su significado original se refería a la capacidad de aplicar el conocimiento general (técnico o epistémico) a las situaciones específicas. Digamos que es algo así como la inteligencia práctica, que a veces también confundimos con el sentido común. Para explicar este concepto, De Marchis hace referencia a una anécdota de John Reed, hasta hace unos años presidente de Citibank, que decía que cuando uno es joven, valora en el directivo la capacidad intelectual, mientras que cuando pasa a la madurez respeta más a quienes tienen juicio. Sin embargo, cuando llega a la vejez se da cuenta que lo único realmente importante es el carácter. De inmediato, De Marchis nos remite a Tiziano, “El tiempo gobernado por la prudencia”, que muestra las tres edades del hombre asociadas a animales: el joven, asociado al perro, a esa capacidad intelectual que refería Reed; el hombre maduro, asociado al león, y al juicio; y finalmente el viejo, asociado al lobo, y a la prudencia, o phronesis. Por eso, piensa De Marchis, el verdadero aprendizaje del liderazgo lo da el tiempo, y la relación maestro-aprendiz, que hoy, me parece, se ha querido recuperar con una ocurrencia que llaman “coaching”. Nada nuevo, pues.

“Yo, el director” tiene la virtud de recuperar una tradición que tiene mucho que decir de cómo somos los seres humanos, y que fuimos perdiendo en el afán de acumular más conocimientos en la juventud, cuando hicimos el sistema educativo más un proceso de instrucción que de educación, aunque se oiga un poco extraño. Pero, además, el libro logra conectar los conceptos clásicos, renacentistas, y actuales, y me imagino que por eso los lectores de América Economía lo calificaron tan positivamente.

En suma, una buena propuesta para recordar que hay mucho más de lo que conocemos, y que hay mucha sabiduría en el pasado de la que podemos derivar herramientas para responder mejor a los retos actuales y futuros. Ah, y además aprovecha usted para ver la pintura de una forma muy diferente…

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