Virtudes Burguesas (El Universal, 28/oct/2010)

Dejamos pendiente platicar acerca de por qué la definición de clase media como un asunto aspiracional resulta más útil que pensarla en términos de ingreso. Esto no significa que medir el ingreso, su abundancia o escasez, sea algo inútil, ni mucho menos.

Significa que hay otras cosas que pueden resultar importantes, también en términos de políticas públicas, pero sobre todo en lo relacionado con la dirección general que toma una sociedad, o si quiere ponerse romántico, con el destino del país.

Hace unos meses, en mayo para ser precisos, esta columna dedicó siete colaboraciones a analizar el tema de por qué unas naciones son más exitosas que otras, y concluíamos que un elemento fundamental para explicar por qué algunas logran tener éxito económico y simultáneamente contar con una democracia funcional es la construcción de una sociedad basada en el pensamiento científico, en el alejamiento de la Iglesia como asunto público, y en la construcción de ciudades como el espacio principal de la población.

Poco después de esa serie, tuve la fortuna de encontrarme con un libro que debí leer antes. Se trata de Virtudes burguesas de la profesora Deirdre McCloskey, publicado por la Universidad de Chicago en 2006. Se trata del primer texto de una serie de seis que piensa publicar la profesora en los próximos años (este mes debe salir el segundo, La dignidad burguesa, ya le platicaré). El proyecto de McCloskey es discutir las virtudes y defectos del capitalismo como una creación burguesa, en el sentido original de esta palabra, después distorsionado por el marxismo. Burgueses son los que viven en las ciudades, y según McCloskey, son quienes construyen una visión del mundo diferente a la que antes era común, y que es el soporte tanto del capitalismo como la democracia, que tanto han ayudado a que vivamos mejor (y más, por cierto).

En opinión de la profesora, las virtudes burguesas son la combinación de las cuatro virtudes clásicas (es decir, originarias de Atenas): Coraje, Templanza, Justicia y Prudencia, con las tres virtudes “teologales” cristianas: Fe, Esperanza y Amor.

Cuando uno empieza a hablar de virtudes con científicos sociales, es poco probable que avance mucho, porque no es un tema que sea de su agrado. Cuando en esas virtudes se incluyen las teologales, el resultado es aún peor. Sin embargo, si uno quiere en verdad entender el funcionamiento de los seres humanos, más vale incorporar en cualquier análisis una descripción, por somera que sea, del marco elemental de referencia con que los humanos interpretan su entorno. Y este marco es resultado de una combinación de elementos que podemos llamar valores, costumbres y preferencias. Frecuentemente, antropólogos y sociólogos usan costumbres (tradiciones, creencias, etc.), y los economistas no pasan un día sin hablar de preferencias. Sin embargo, ninguno de ellos quiere hablar de valores, porque les parece que entran en un espacio que no es el suyo, sino el propio de filósofos, o peor, de religiosos.

La profesora McCloskey es cristiana declarada y orgullosa de serlo, de forma que en su libro hay una defensa particularmente inteligente de la importancia de la religión, que para Occidente no es otra que el Cristianismo. Confieso que no ha logrado convencerme, pero le quedan cinco libros más para lograrlo.

De lo que no tengo duda es de la importancia de este marco de referencia imprescindible para entender el comportamiento de los humanos. Y su existencia no depende de si a los científicos sociales nos gusta o no, sino de la manera en que los humanos funcionamos de origen y de cómo aprendemos. Para compensar, cito a Bourdieu, que insiste en que enseñamos a nuestros hijos (es decir, aprendemos de nuestros padres) mediante la estética, que no es otra cosa que la representación física de un conjunto de valores que consideramos relevantes para ese marco de referencia que ayudará a entender el entorno.

Este conjunto de virtudes, dice McCloskey, es relevante a partir del ascenso de las ciudades, porque no lo era en otros contextos. A partir de ellas, se crea una forma diferente de interpretar el entorno, y en consecuencia la posición de los humanos frente a él. Coraje significa elevar a nivel de valor la autonomía que anteriormente era impensable, y que es eso que a veces se llama despreciativamente “individualismo”, la base tanto del capitalismo como de la democracia moderna. El equilibrio lo da la Templanza, el balance y control individual, la sobriedad propia de esas imágenes de los burgueses del siglo XVI que vemos en pinturas holandesas.

El eje de las virtudes burguesas, como lo fue de las virtudes clásicas, es la Prudencia, phronesis en griego, inteligencia práctica en términos actuales, y su extensión a la sociedad es la Justicia, el balance social y la honestidad. Si a usted le sigue llamando la atención la corrupción en México, como a tantos, tal vez esté dispuesto a apreciar esta virtud burguesa, en tiempos modernos producto del capitalismo y la democracia, aunque cueste trabajo entenderlo.

De entre las virtudes teologales, la Esperanza es claramente la más fácil de identificar en la vida burguesa: el optimismo, la imaginación, el emprendedurismo, como se suele decir ahora. El Amor, la relación solidaria, la amistad, el afecto y el aprecio, es parte fundamental de la sociedad moderna, aunque ahora le llamemos “cohesión social” para que no suene cursi. Finalmente, la Fe, que tanto defiende la profesora McCloskey y que resulta complicada para este columnista, aunque entendida como lealtad e integridad, es un poco más fácil.

¿Le suenan estas virtudes burguesas? ¿Son guía de la aspiración de una sociedad urbanizada a fuerza o lo son de un proceso lento, pero constante de urbanización-educación-consumo? ¿Ayudan a entender mejor la clase media y lo que pasa en México? ¿O son, como dice algún lector, ocurrencias sin sentido?

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